Los gestos y posturas corporales, tanto del
sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben tender a que
toda la celebración resplandezca por el noble decoro y por la sencillez, a que
se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una se sus diversas
partes y a que se favorezca la participación de todos. Así, pues, se tendrá
que prestar atención a aquellas cosas que se establecen por esta Instrucción
general y por la praxis tradicional del Rito romano, y a aquellas que
contribuyan al bien común espiritual del pueblo de Dios, más que al deseo o a
las inclinaciones privadas.
La uniformidad de las posturas, que debe ser
observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la
comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve,
en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes.
Los fieles están de pie desde el principio
del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar,
hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio; durante
la proclamación del Evangelio; mientras se hacen la profesión de fe y la
oración universal; además desde la invitación Oren, hermanos, antes de la
oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto lo que se dice
más abajo.
En cambio, estarán sentados mientras se proclaman
las lecturas antes del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y
mientras se hace la preparación de los dones para el ofertorio; también, según
las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio después de la
Comunión.
Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por
causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o
que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que
no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras
el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración.
Sin embargo, pertenece a la Conferencia Episcopal
adaptar los gestos y las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la
índole y a las tradiciones razonables de los pueblos, según la norma del
derecho. Pero préstese atención a que respondan al sentido y la índole de
cada una de las partes de la celebración. Donde existe la costumbre de que el
pueblo permanezca de rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo”
hasta el final de la Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el
sacerdote dice “Éste es el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve.
Para conseguir esta uniformidad en los gestos y
en las posturas en una misma celebración, obedezcan los fieles a las moniciones
que hagan el diácono o el ministro laico, o el sacerdote, de acuerdo con lo que
se establece en el Misal.
Entre los gestos se cuentan también las
acciones y las procesiones, con las que el sacerdote con el diácono y los
ministros se acercan al altar; cuando el diácono, antes de la proclamación del
Evangelio, lleva al ambón el Evangeliario o libro de los Evangelios; cuando los
fieles llevan los dones y cuando se acercan a la Comunión. Conviene que tales
acciones y procesiones se cumplan decorosamente, mientras se cantan los
correspondientes cantos, según las normas establecidas para cada caso.
El silencio
Debe guardarse también, en el momento en que
corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin
embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada
celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada
uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos
meditan breve mente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios
en su corazón y oran.
Ya desde antes de la celebración misma, es
laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el
“secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota
y debidamente para la acción sagrada.
Fuente: Instrucción General al Misal Romano (IGMR)

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